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Asomarse, entenderla, adoptarla

EZEQUIEL GONZALO CHOQUE
Tallerista de murga

Durante mucho tiempo pregunté y me repregunté cómo hacer murga. Y no fue sino hasta hace unos años, en mi primera experiencia con murga en un colegio, que tuve la sensación de dar con la respuesta.

Tengo 27 años y estudio Profesorado de Música. Soy baterista, percusionista, cantante, principiante en guitarra, piano y trompeta.

La magnitud de la música a nivel artístico, cultural y educativo siempre me dificultó a la hora de definirme como músico. Aún con años de estudio, práctica y ejecución de algunos instrumentos, me costó (y aún me cuesta) dejar salir de mi boca el “soy”.

Soy murguero. Lo fui, si consideramos que no salir en Carnaval lo saca a uno de su condición de murguero. O simplemente no ejerzo. Particularmente tengo más años como fan o seguidor de murgas que dentro de una. Viví toda mi vida a una cuadra de uno de los corsos del barrio de Boedo, al que asisto desde que tengo memoria gracias a mi madre (murguera en actividad, como gran parte de mi familia).

Como espectador, por más de 15 años elaboré una suerte de criterio con la murga porteña. Tenía preferencias, críticas, y hacía análisis anuales de las murgas, los corsos y su desarrollo. Fue esa misma minuciosidad la que tanto demoró mi decisión de participar en una. Y casi por alineación planetaria, o grandes coincidencias, terminé en la murga de mi barrio, San Cristóbal. Bastó asomarme para terminar adentrándome mucho más de lo que hubiera imaginado, tanto en el ambiente de las murgas porteñas como en el circuito de Carnaval oficial y su funcionamiento. Hasta que en 2011 llegué a formar parte de un espectáculo, a cargo de una reconocida compañía artística, orientado en ritmos y bailes de esta disciplina porteña.

En 2013 tuve la oportunidad de participar por primera vez como profesor de un Taller de Murga que venía funcionando hace unos años para salas de 4 y 5 años en un colegio de Banfield. Si bien más tarde volví a ocupar este cargo o similares en otros colegios (primario en Palermo y secundario en Flores), ésta fue – por las edades, por ser la primera, o los resultados – la más significativa.

La murga en el ámbito educativo me parecía hasta ése momento utópica. Nuevamente me encontré ante mí mismo, pero sobre todo ante niñas y niños de 4 y 5 años, preguntándome “¿qué es la murga?”, y cómo se hace. Y ante la necesidad de “enseñar”, debía creerme capaz de transmitir lo que a mí criterio era hacer murga. Me di cuenta en ese instante que nadie, jamás, me había enseñado cómo hacer murga. Había aprendido pasos, ritmos, canciones, había recibido consejos. Pero nunca hubo ni existió un tutorial o libreto del cómo o el qué, y por ende cómo y cuándo iba yo a considerarme un murguero.

Aún así, durante ese primer año y el resto de mis experiencias, pude identificar dificultades y/o desarrollar herramientas que facilitaban el aprendizaje de la murga como disciplina artística en un marco teórico y práctico.

En primer lugar, una de las grandes problemáticas, tanto en el ámbito educativo como en lo social, es el prejuicio que hay alrededor de la murga porteña. Normalmente se le adjudican críticas, por costumbres o comportamientos que responden más al movimiento de las murgas, en su organización o en Carnaval. Muchas de estas críticas están sujetas puntualmente a lo que dejen ver los corsos y es menester entender que la murga va mucho más allá de Febrero y las agrupaciones que forman parte del circuito oficial. Cabe destacar que esta problemática tiende a presentarse por medio de los padres y no de los alumnos ya que acapara temáticas que exceden a lo que la murga refiere.

Este prejuicio está también presente en el ámbito escolar, ya que se pone más en vista la reputación de las murgas y no lo que representan.

La singularidad de los chicos es otra dificultad, ya que si bien son inocentes a la hora de recibir la información, probablemente haya quienes no se sientan a gusto con la actividad.

He ahí una virtud de las murgas como organización y la dificultad hecha beneficio. A la hora de proponer objetivos (personalmente creo esto necesario y super efectivo), el “formar” una murga abre un gran abanico de posibilidades para atraer a los chicos a realizar las actividades. Exceptuando la percusión y el baile, hay quienes encuentran un lugar confeccionando trajes, fantasías, hacer canciones, apliques de lentejuelas, etc. Seccionar en distintos encuentros todas estas disciplinas resalta en ocasiones el interés particular de los chicos por actividades que pueden ir más allá de la murga en sí, pero no deja de ser un impulsor a futuro.

El material didáctico, teórico, ya sean videos, fotos o relatos, muestras de trajes, dan a los chicos una imagen y semejanza que despierta al menos la curiosidad y no es menor.

Todas las actividades que comprenden a la formación de una murga como proyecto son grupales. El trabajo en equipo es indispensable a la hora de hacer “salir” una murga. Y eso es lo que debe prevalecer. La tarea individual no existe. Esto fomenta el desarrollo de un grupo donde hay una única consigna a ser cumplida por un todo y no por todos.

Como músico, la percusión me pareció siempre la disciplina musical más didáctica de todas. Puede practicarse sin necesidad de instrumentos (que puede ser una dificultad a la hora de conseguirlos, o incluso teniéndolos, por una cuestión de volumen), y hay infinitas variantes de consignas y juegos para adentrar al niño en el mundo percusivo. Y en la murga la percusión es determinante. Es lo que te mueve, y de eso se trata. Ritmos como “la matanza”, o la “rumba”, son fáciles de captar y, filtrando la información dependiendo la edad, es importante siempre entender el por qué. Los ritmos y los bailes tradicionales de murga tienen un trasfondo que es importante entender, ya que independientemente de si el ritmo o el paso es ejecutado de igual o diferente forma que un murguero tradicional, basta con representar lo mismo adoptando una forma, haciéndolo suyo.

Terminando el primer año de mi experiencia como profesor en el Taller de Murga, ya en la muestra de fin de año, me volví a preguntar qué era ser murguero. Qué les había estado enseñando, y porqué consideraba que lo que habían aprendido era murga.

Recurrí a la teoría, a prácticas tradicionales, y respondí todas las preguntas que me hicieron durante el año. Hicieron sus trajes, el pequeño estandarte izaba sus nombres, y ellos saltaban. Reían, ponían caras, daban todo. Los más tradicionalistas hubieran dicho que la “bomba” no era tan así, que la “rumba” era más lenta. Yo entendí que no había que saber hacer murga. Sólo asomarse, entenderla, adoptarla. Y me fui a casa completamente convencido de que esos nenes y nenas de 4 y 5 años, esa tarde, con una inocencia envidiable, fueron murgueros porque lo sintieron así.

Conversaciones de “Semillero murguero: formar con murga para la inclusión” / Carlos Iglesias –  Rumbo Sur, 2017.