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La igualdad es el punto de partida y no el punto de llegada

FEDERICO MERCADO
Guitarrista, maestro y murguero

Llegue a la murga y a la escuela de casualidad.

La murga y la escuela son centrales en mi experiencia. En mi caso, mi escuela y no otra; donde llegué de casualidad y donde decidí quedarme, tomé otro cargo y el proyecto se ampliaba más allá del oficio de trabajo. Fui a un acto público, tomé un cargo que era en esa escuela; así me quedé. Me atrajo el hecho de que se trataba de un barrio con un montón de problemas que afectan la dignidad de los que viven y de una clase marginal. Cuando llegué no era fácil trabajar; tenía una desescolarización activa y no se podía dar clases. Decía: “Vamos a hacer esto”, y no se podía. No me quedé porque era fácil, sino todo lo contrario.

Con la murga también hubo algo de la casualidad. Tenía un compañero que un día me vio entrar con un acordeón a otra escuela donde trabajábamos juntos. Yo le dije: “Che, sos el primero que sabe que me compré un acordeón”. Al mes, me llama y me dice: “¿Vos te compraste un acordeón? Porque una murga chiquita en la que estoy, con la que salimos en carnaval, tiene una canción que lleva acordeón”, a lo que respondo: “¿Sabés que hace un mes que tengo el acordeón?”, y me propone: “Bueno, vení y probá. Si sale, sale, y si no, no pasa nada”. Esa es una lógica de lo popular. Esta cosa abierta, comunitaria, generosa y solidaria: vení y probá. Esa puerta abierta no está en todos lados. La murga tiene todo eso pero en Buenos Aires, con características propias de la ciudad y con cosas que tienen que ver con la enorme fusión que hubo en este lugar del mundo a comienzos del siglo XX y fines del siglo XIX, en paralelo al tango. Son cosas que reivindico. Hay dos clases de porteño: el que se asume como porteño y el que vive acá y niega su condición de habitante de la Ciudad de Buenos Aires (obnubilado por Europa, Estados Unidos, Uruguay; culturalmente es fantástico).

Todas esas cosas que se reúnen en la murga y en el tango tienen que ver con lo propio. Es muy difícil negarlo o esconderlo. A mí la murga me da eso y, paralelamente, pienso en mi propia historia que me afectó, en lo que yo buscaba para hacer, y en la década de los ‘90s. En aquella época, tenía la imagen de estar flotando en la nada y sentía vivir en un barrio donde no había una murga cerca, ni otras cosas. Eso que yo hubiera necesitado por mi historia familiar, o lo que yo andaba buscando, no apareció. Lo que había era todo lo contrario (el viejo individualismo salvaje, ahora recargado). Todas esas cosas las encontré después en la murga, entrando de casualidad y de a poco, no entendiendo muy bien de qué se trataba. Hubo un carnaval, el de 2008, donde todo lo que pasó dio la pauta justa de lo que son el carnaval y la murga. Desde la experiencia colectiva de recorrer los corsos porteños con esa murga, hasta los pequeños detalles que iban construyendo el rompecabezas de qué es estar en una murga y salir en carnaval. Los corsos tienen la característica de ser barriales y callejeros (no hay en América otro lugar donde puedas ir sin tener que pagar y te encuentres con tu vecino, con su silla, y se siente ahí). Esperemos que eso no se pierda porque es una característica de la Ciudad, algo que nos pertenece culturalmente.

Llegué primero a la música que a la murga. La música me llevó a la murga. Yo siempre digo: “Soy un montón de cosas: maestro, murguero, pero soy guitarrista”. Lo que me permitió llegar a todos esos lugares es la guitarra. Mi viejo era catamarqueño y escuchaba mucho folklore. Él era camionero y vivíamos viajando y escuchando mucho folklore. Yo siempre estuve fascinado por la guitarra y escuché mucho folklore durante mi niñez y mi infancia. Y, por esas cosas que pasan en las escuelas públicas, empecé a tocar la guitarra aprendiendo con la de un compañero del secundario. Empecé tocando temas de Los Beatles, que eran temas que él sabía. Terminaba yendo a la casa para aprender a tocar. Creo que mi primera guitarra la tuve a los 18 o 19 años, y me la regaló mi abuela. Cuando fui a estudiar al conservatorio (el único lugar donde me imaginaba que era posible estudiar), la formación me sirvió en lo técnico y lo mecánico, pero no me dio herramientas para lo otro que yo buscaba. Es gracioso lo que pasa: vas al conservatorio a estudiar, pero en los recreos nadie toca la música del conservatorio; en cambio, todos tocan rock, blues, o chacarera. Esa contradicción es muy sana para los que vamos a buscar lo otro. En el recreo, te encontrás tocando con un compañero o ves que otro hace una cosa que está buena y vos no sabés.

Yo llegué a ser maestro por necesidad, pero me encanta y es más de lo que quiero ser. Es que, entre otros problemas que tiene la educación pública, no hay profesores de música. Cuando estudiaba en el conservatorio, ya tenía laburo por varios listados de emergencia. Entonces dejo el conservatorio, pero tengo que hacer un profesorado (privado) para poder tener el título y, sobre todo, sostener el trabajo porque no me quedaba otra. Andando el camino descubrís lo que querés hacer. Realmente me gustó dar clases. No cualquier músico puede dar clases, y no cualquier músico puede dar clases en una escuela primaria. A mí me encanta dar clases a chiquitos. No los formo como músicos, hago otra cosa (más cercana a lo que me hubiera gustado tener cuando era chico): que tengan la experiencia de tocar y disfrutar haciendo la música que sea. Resulta difícil porque toda la formación docente institucional forma para no respetar a los niños. Se parte de paradigmas que contemplan que el otro no sabe. Así, si vas a enseñarle y partís de que ese niño no sabe, no podés respetar al otro. Dando clases de música, en mi escuela me choqué con eso. No pude dejar de hacerme cargo de lo que estaba pasando ahí. Por lo tanto, decidí hacerme cargo de que los pibes estaban tocando mejor de lo que yo puedo tocar ahora. Llego a la escuela y los pibes se ponen a tocar y digo: “Che, ¿ustedes por qué hacen eso?” Los pibes tocan. Me llevó un tiempo desarmar mi cabeza, entender, criticar a la escuela y darme cuenta. Pero asumí quedarme.

Hace diez años que estoy laburando en la escuela y me encuentro con pibes que no tuvieron ninguna relación con otros de hace cinco años, pero es como si fueran los mismos. Arrancan de un piso que antes no estaba. No hay casualidad, sino que es la construcción de un camino. Armo el ensamble dentro de la escuela, en un taller de percusión. Después, decido sacarlo de la escuela y lo difundo. En mi escuela no hice la experiencia de murga. Cuando la quise hacer, tuve un problema al encontrar actitudes muy autoritarias de chicos que hacían murga en el barrio y no las pude desarmar. Por eso, fui por otro lado. La murga es un modo de tocar y cantar pero, además, es lo que contempla todo eso que es abierto, dando espacios a todos sin ninguna restricción. La murga no se agota en el baile, ni en la percusión, ni en el canto. Si vas a cualquier corso, ves a los chicos que bailan en el centro pero también a la abuela disfrazada con la sombrilla, caminando o bailando, haciendo lo que puede. Eso es parte de la murga, que incluye. No es una frase hecha, vas al corso y lo ves. Luego, pasa otra cosa en los corsos más populares y autogestivos: en algún momento salís a bailar con la murga y nadie te va a sacar. Esa lógica sí está trasladada a nuestra práctica en la escuela. No hice la murga, pero hicimos una cosa muy atractiva que quedó trunca. Se había armado un grupo de baile con familias, medio fogoneadas por el director, y en algún momento mezclamos el grupo de percusión que yo tenía con el grupo de baile. La idea era mostrar tres bailes y tres músicas de esa comunidad (murga, caporal y tinku). La gracia era “nosotros tocamos, ustedes bailan y vamos mezclando”. Son músicas que incluyen el pulso como organización del baile (el tinku más que el caporal). Fue un punto de encuentro y ahí sí hicimos la experiencia con todos los chicos bailando, mostrando cómo serían una rumba y los tres saltos. Lo fantástico de eso es que aparece un pibe que sabe bailar, porque fue a una murga o porque lo aprendió, y de repente hay uno que sobresale que tiene siete años y que, aparte, era un chico que tenía problemas (siempre pasa eso). Eso siempre termina siendo muy contagioso. Por un lado, estaba la parte de la percusión donde terminábamos tocando ritmos que tenían que ver con la murga y, por otro lado, esta experiencia de encuentros con toda la escuela donde se enseñaba a bailar tinku, murga y un poco de caporal. Eso después lo llevábamos a la escuela, al turno mañana y al turno tarde, para hacerlo sin ninguna planificación en un recreo, en dos horas, juntando otros maestros. Esas dinámicas eran momentos de encuentro para, por ejemplo, algún acto. Lo que no pude, me lo generé fuera de clases y, con autorización de los padres, fuimos a tocar percusión a un lugar cerca del colegio (no específicamente murga).

Luego, me invitan al Centro Educativo Comunitario Ramón Carrillo. Se dio que a la compañera que venía a tocar conmigo al ensamble Cildáñez, que es mi espacio de percusión (autónomo, por fuera de la escuela, aunque están mezclados) le dicen: “Nosotros queremos un profe de percusión”, esa compañera responde: “Este que está acá haciendo esto, estaría bueno que venga a tocar”. Así terminé trabajando en el club de jóvenes de Carrillo con la percusión y aparece lo de la murga. Ahí empiezan a pasar más cosas relacionadas con lo que uno fue produciendo con aprendizaje, decisión y convicción. Al centro educativo la gente del barrio le dice “El apoyo”. Ahí hay de todo: desde taller de magia para chicos, hasta apoyo escolar, fotografía, plástica, teatro, fútbol para mujeres y baile. Yo estaba en el club de jóvenes y entré para hacer el taller de percusión. Funciona para chicos de 12 a 18 años (puede que venga alguno de 10, 11 o 19, también). Entro ahí con el taller de percusión, de la mano del ensamble. Me costó mucho llegar ahí, pero cuando se armó empezamos a tocar en escuelas o festivales. Mucha gente, inclusive la casera, venía preguntando por la murga: “Ustedes están tocando esto, está buenísimo, ¿no hacen murga? ¿Cómo no hay una murga en Carrillo?”

Paralelamente a que nuestra murga “Los Mamarachos de Almagro” desapareció e implosionó, con los que la formábamos, tuvimos muchas charlas (Marian, José, Juanchi y Omar) sobre ¿Qué hacer? ¿Qué se necesita para hacer una murga? Una murga como a nosotros nos gusta, como nos parece que tiene que ser. Una idea que surgió ahí, en una de las charlas, era que mientras no podamos hacer algo (salir con una murga propia) podíamos sumar nuestra humilde experiencia a otros espacios. Si viene alguna escuela y dice: “Queremos hacer una murga, pero no sabemos cómo”, vayamos y demos una mano. Si viene un comedor, vayamos y demos una mano. Quedó eso latente. Entonces, cuando en Carrillo me empiezan a preguntar, cuando llevaba el grupo de percusión, si hacía murga y pensé: “Hay que hacer una murga acá”. Les propuse a los compañeros del centro educativo hacer una murga pero afuera; que sea la murga del barrio, no del centro educativo. El problema no era hacerlo ahí (porque los compañeros son extraordinarios y está bueno el lugar; de hecho, en invierno ensayamos ahí), sino porque creo que la murga tiene que ser del barrio y tener un territorio. Así empecé a armar la murga, con chicos que van al centro educativo y que conocen a todos los profes de ahí. Muchas veces, cuando ensayábamos, decían: “Uy, che, vino el profe fulano o fulana”. La red y la trama cultural-social en las que ese centro educativo está inmerso te sostienen. Lo mismo que digo siempre del ensamble Cildáñez: “Los pibes van al ensamble afuera de la escuela, en un espacio autónomo, porque yo soy el maestro de la escuela 8”. Conozco, y te podría enumerar, todas las experiencias de lo mismo que hacía yo solo en el barrio, que fracasaron porque los pibes no van por no conocer a los profes. Capaz que eran mejores que yo, pero el vínculo es uno, y eso es lo que sostiene. El maestro de la 8 es una institución. Estratégicamente, siempre nos encontrábamos en la puerta de la escuela. Pero la puerta de la escuela está re contra cerrada un sábado o un domingo. Es decir, no hay relación, pero encontrarnos en otro lado no me lo imagino porque es el punto de referencia.

Empecé a enseñar murga todos los sábados de 14 a 16. El espacio de murga es de dos horas. A veces, una hora de baile y una de percusión el mismo día. Otras veces, veinte minutos de baile, ochenta y ocho de correrlos y que paren de pelearse. En una escuela los niños, quieran o no, se organizan más con el tiempo. Podés decir: “Bueno, arrancó la hora, vamos a hacer esto. Son cuarenta minutos.” Hay una cosa que tienen los espacios autónomos: el desborde de la vida misma. Cuando vos decís: “Vamos a hacer murga el jueves a las 6”, viene uno y dice: “Che, ¿y fulano? No, pará, lo vamos a buscar”. Son las 6, pero vienen 6 y 20 y, cuando llegan, dicen: “No, profe, no quiero bailar más”, y le digo: “No dale, vos bailás bien”, u otro se pone a tocar el bombo y le sugiero: “Pará, vamos a bailar primero.” Es toda una dinámica que tiene que ver con la informalidad. El objetivo está claro pero está nutrido de todas estas cosas. Capaz que lo que terminamos utilizando efectivamente de tiempo es media hora, pero necesitás empezar media hora antes y terminar media hora después. Pero es parte.

Ahí tuve que desandar todo lo que tenía pensado sobre cómo enseñar, para aplicarlo a algo que tampoco sabía del todo. En ese desarme, lo que tuve que hacer es aprender. Me había puesto en la cabeza sacar la murga. Tuve que aprender a bailar desde cero. De hecho, en “Los Mamarrachos” yo no bailaba; y cuando me empezaba a interesar en eso fue cuando la murga se desarmó. Ahí estaba en el escenario, tocaba el bombo, armaba las canciones, cantaba y tocaba el acordeón. El ubicarme en el lugar de “Yo no puedo enseñar si no aprendo”, me llevó a aplicar: “Pueden pasar muchas cosas y puedo enseñar de un montón de modos, pero tiene que haber algo que es lo central, y que me lo da el oficio de maestro.” Me he esforzado mucho para poder hacerlo, ir a un lugar y tratar de enseñarlo. Ahí me tuve que poner a bailar, tocar y, también, a respetar los tiempos y la ansiedad de los chicos. Enseñar sin ese respeto por el otro es complicado, porque pone muchas trabas y es muy frustrante para todos (para el que está en esa posición, tratando de hacer algo, y para el que viene con expectativas). Al mismo tiempo, hay una exigencia por parte de la institución en eso de que los chicos vienen a aprender de vos. En el recorrido por la murga hay cierta informalidad. Por ejemplo, para armar un espectáculo, les digo: “Chicos, hay que armar el desfile de presentación”, y capaz no hay que exagerar en esa explicación. A veces hay cierta subestimación y falta de respeto en relación con lo que los chicos pueden o no pueden hacer. Creemos que necesitamos una clase magistral para explicar algo, y no es necesario. Hay un desfile para entrar, una canción de presentación, y ya está; el pibe lo entendió. Capaz que no te lo puede decir del mismo modo, pero lo sabe. Esa subestimación es parte de pensar lo que el otro puede o no y creer que uno sabe lo que el otro no. Si vos tuvieras que ir a Bélgica o a China a enseñar murga tenés que empezar de cero, es la antípoda. Pero acá en el barrio, el pibe fue a un corso, por no decir a todos, y está la expectativa de hacer lo que ve. Después podés explicar otras cuestiones más mecánicas o técnicas y, por ejemplo, decir: “Miren, chicos, los tres saltos son así.” Si ves que no lo agarra, tenés que reformular el modo de enseñarlo para que pase al final. Ese es el oficio de enseñar: mostrar y aprender.

Para mí es muy difícil enseñar algo que uno no puede hacer. Si no lo podés hacer, no lo podés enseñar. No me lo imagino, sobre todo para estas cosas que pasan tanto por el cuerpo. Le comentaba a una profe (con la que estudié candombe y música peruana) que me fascinaba cómo unos pibes de 6, 7 u 8 años tocaban extraordinariamente y que, además, pasaba mucho en esos barrios populares. Ella me respondía que la percusión implica el físico y la puesta en acción de todo el cuerpo sin dividirlo de la razón. La percusión es eso. Los pibes juegan a la pelota, comen en la calle, se quedan a tomar, los cagan a palos y cuando van a tocar percusión es el cuerpo mismo el que acciona. Cuando los chicos vienen, lo que hacés es abrir el canal de la murga, como una especie de haz de luz. Aquello que los pibes son, y lo que viene con su historia y con el barrio, puede salir por ese camino de la murga. Y al mismo tiempo, un pibe que vive todo el día con la computadora o con la Play, cuando puede encontrarse con eso, encuentra lo que no tiene. Es parte del ser humano y de la persona que vive acá. En el taller, todos pasan por todo. Hacerlo es una posibilidad y está bueno.

Otra idea que me gusta mucho sobre la igualdad, que creo que es de Rancière, dice que políticamente la igualdad es el punto de partida y no el punto de llegada. Podemos decir “somos todos iguales”, “nuestro principio es la igualdad” y, a partir de ahí, construimos. Si, en cambio, hago al revés, y pongo a la igualdad como fin, yo te puedo mandar a vos y ya no somos iguales. Cuando terminemos esto vamos a ser iguales pero, mientras tanto, haceme caso a mí. Para enseñar murga primero tuve que aprender a bailar y a intentar decodificar qué pasa en el baile. Lo otro ya lo tenía incorporado de hacerlo, verlo, tocar el bombo y de la práctica de haber formado parte de la murga. Hay un montón de cosas que ya tenía incorporadas y las podía contar. Eso fue lo principal porque lo que vienen a buscar los chicos, en general, es eso. En la murga porteña pasa una cosa curiosa e interesante, si le pedís a un varón que se ponga a bailar otra cosa capaz no baila, pero en la murga no está eso de que bailar es de niñas. Los pasos son unisex

La murga como expresión puede provocar que en la escuela empiecen a pasar cosas que tengan más que ver con un modo de estar en el mundo, vincularse, aprender y enseñar, y abrir la escuela para que pase de todo. Pasa y los chicos terminan escribiendo las canciones, pensando, resolviendo algo que se aprendió o que se vio en un video, haciendo una síntesis de ese texto, ese poema, o esa canción. Esa síntesis es la comprobación de la enseñanza y del aprendizaje. En la murga, esa dinámica puede ser común y cotidiana. Es la posibilidad de acomodarse de otro modo y comprobar que se puede.

Una buena escuela, para mí, sería el lugar donde cualquier persona pueda desarrollar todas las potencialidades posibles. Y la murga permite algo que no está en ningún lugar de la escuela: desarrollar esa potencia que tiene que ver con lo físico, la puesta en práctica y la puesta en acción del cuerpo. Además, la murga otorga la posibilidad de encontrarse de un modo que no se hubieran imaginado. Te hace pensar que hay un montón de cosas que ni te imaginas pero podés hacer. De algún modo, atravesar estos modos de construcción y de hacer, tiene que ver con lo comunitario: al que está abajo del escenario, cuando está viendo al otro, no le es ajeno lo que pasa. Hay algo que es hermoso: no importa que estés ahí. yo puedo estar ahí porque lo hicimos antes, capaz que hoy no me animé, pero eso lo hice y sé que puedo estar ahí. Es la comunidad que vuelve a ser un espiral en donde todos van turnándose para estar en el lugar que es necesario estar en cada momento. Es interesante porque, más allá de la crítica que le podamos hacer a la escuela, allí convivimos un montón de gente durante mucho tiempo. Por lo tanto, desaprovechar la potencia de lo que pasa ahí está mal.

Lo que puede traer la murga a la escuela, a la institución en su dureza, es como lo que trae el carnaval a la sociedad. Lo que pasa en carnaval es que, o bien se trabaja un montón hasta febrero y en febrero uno relaja, o que viene un año muy duro de trabajo y entonces en esos cuatro días se puede hacer lo que se quiere. Esa idea del carnaval como el espacio en donde podemos hacer lo que no podemos hacer en el año es un poco lo que puede pasar entre la escuela y la murga. Uno podría decir: “Tenemos que ir a endurecernos de algún modo, pero podemos hacer que pase esto y que se modifiquen aquellas cosas que en realidad nos perjudican como personas e impiden el desarrollo de las potencias que todos tenemos”.

Conversaciones de “Semillero murguero: formar con murga para la inclusión” / Carlos Iglesias –  Rumbo Sur, 2017.