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La murga, como la escuela, es un dispositivo del deseo

LIDIA GENNARI
Maestra y Directora (jubilada) de Escuela Primaria

Siempre dije que en mi próxima vida iba a ser murguera. Siempre me gustó, desde chiquita. Soy de Parque Chacabuco, donde el corso era muy importante; me acuerdo que el negro Lavandina hacía unos trajes celestes y bailaba. Yo me disfrazaba y siempre íbamos. Me interesaba pero no era de bailar y no tengo buena relación con mi cuerpo. A mí me apasionaba, pero lo dejaba para mi próxima vida.

Cuando llegué a La Escuela Fragata, como directora la experiencia fue muy interesante. Hacía veinticinco años había sido maestra titular ahí y llegué con un tema en la cabeza: ¿qué habían hecho con el patrono? Esa fue una de las primeras cosas que pregunté en la reunión de padres y maestros. El patrono estaba totalmente distorsionado al punto de que a veces se festejaba el día del maestro. Había un agujero porque se caían todos los festejos. Por lo tanto, decidí tomar a la Fragata Libertad como lo que es, un barco escuela, y verla desde el punto de vista de los alumnos y del aprendizaje. Al año siguiente, empezamos con la idea de hacer talleres en horario escolar. Los talleres tienen la característica de que el chico se anota solo en el que quiere. Yo quería que algo de Fragata estuviera en los talleres para tener un contenido real cuando llegara el patrono. El primer taller de los ocho que se hicieron, al que se anotaron todos, fue el de línea de flotación. En artesanal y técnica hicimos un montón de barquitos con distintos materiales y el día del patrono pusimos unos tachos de agua. Otro de los talleres era una murga.

Una docente, Constanza Somoza, sabía que me encantaba la murga y con ella trabajamos con pregunta-problema. Por ejemplo, ¿cómo hacer de una bolsa de residuos una levita que no tuviera corte, que fuera de un solo cuerpo? Se anotaron todas las hipótesis y trabajamos durante tres meses, con papel de diario y bolsas de residuos. La idea era que, si eso permanecía en el tiempo, los chicos pudieran hacer las levitas sin coser. Fue tanto el éxito de ese taller que cuando en abril del año siguiente lo lanzamos de nuevo, todos querían taller de murga. Con los maestros buscamos primero los capitales de cada uno – una que bailaba divino y había hecho murga de chica, otro que era parte de la Bomba de Tiempo-. Lo que hicimos fue que la murga fuera un dispositivo de construcción del colectivo social para lograr una identidad. La idea era hacer los talleres y que nada viniera de afuera. Por ejemplo, yo me acordaba un paso de murga, los chicos contaban que iban al corso y recordaban otra cosa. Así surgió. Para la levita, que no tenía costuras, las mamás que eran talleristas a la tarde coordinaban el taller con los chicos. Como nos daba mucho trabajo pegar las lentejuelas, hubo un alumno que diseñó la fragata en cartón, y se pegaba directamente a la levita. Las canciones se armaron en el taller de letras. Germán, que estudiaba historia, trabajaba en el taller de historia de la murga y de las protestas para buscar los temas para las letras de las canciones. Si bien baile y percusión eran los que más gente tenían, también estaban el de letras y maquillaje. Tengo la imagen de uno de los actos que hicimos en la calle, donde todos los que no bailaban o tocaban también estaban (300 alumnos pasaban por talleres). Por eso digo que cumplió su objetivo: que esos estén ahí sentados es oro puro, porque hay que trabajar en el anonimato y en una construcción colectiva antes de los doce años (hacer los trajes y las canciones, por ejemplo).

Siempre tratamos de que fuera un dispositivo. Podría haber sido otro. Lo que importa es que la institución sea atravesada transversalmente por algo en donde todos podamos estar, donde encontremos un lugar y tengamos libertad de ser en cada célula. Una de las primeras cosas que vi fue que a los alumnos con peor conducta les encantaba. Una vez me acuerdo de uno que no podía seguir el ritmo e iba a destiempo. Yo le marcaba que aprendiera a escuchar a los demás, porque él formaba parte. En este sentido, yo misma me fui haciendo porque nunca había formado ni había sido parte de una murga.

Otro de los elementos ideológico-pedagógicos de la escuela es trabajar siempre con pregunta-problema en cada taller. Sobre las hipótesis que proponían los alumnos se desarrollaban las acciones. Nunca trabajamos con el producto, sino con el proceso. Una vez nos llegó un acto del patrono y, como teníamos los talleres por la mitad, los mostramos por la mitad. Fue un gran aprendizaje para los maestros, que siempre la jugamos de perfecto. Por ejemplo, Luciano que estaba en percusión mostró algo con tachos que sonaba horrible porque no habíamos hecho el último ensayo, pero no importaba porque lo que estábamos mostrando era el proceso. Ese es un concepto que hay que cambiar en las escuelas. Tuve una discusión muy grande con una maestra que quería disfrazar a los chicos y cuando le pido la argumentación me dice que los padres “se emocionan y traen a los abuelos”. Le contesté: “Mirá, yo no voy a admitir una escuela de monitos”. Que se emocionen con otra cosa, que saquen fotos el día del cumpleaños, que aprendan. Hay que tener otro concepto y lo hemos logrado. En Fragata los actos no pasaban por hacer bailar al chico, sino por desarrollar un concepto. Los padres también tuvieron que aprender a mirar eso. No puede ser que la única variable para mirar a un alumno sea la emocional o afectiva. El amor tiene que ser efectivo en la educación, no afectivo.

Una cosa que empezamos a aplicar con la murga fue el cambio de roles. Tenía un celador que se ocupaba de un solo alumno que tenía una discapacidad. Un día miro y los veo a los dos desintegrados; supe que el celador era percusionista y, entonces, se lo saco a este alumno y ese celador pasó a tener un rol totalmente diferente: jefe de percusión. A partir de ahí comenzamos a cambiar los roles. Eso te da mucha plasticidad, a tal punto que cuando empezamos a ensayar los sábados con la murga había un alumno de 7º grado que era un director excelente. Luciano lo preparó porque siempre llegaba tarde y necesitaba un reemplazo. Cuando el alumno empieza a dirigir no me corregía, y yo le dije: “Usted es el director de percusión y me tiene que marcar”. Así se lo tomó en serio. Me decía: “A ver, Lidia, ¿escuchamos un poquito?” Es muy importante entender la relatividad de los roles. Yo soy la directora para esto, pero en otro momento puedo ser la alumna, y eso en la murga lo trabajamos mucho. Nadie compraba el lugar en ningún lado ya que se trataba de un colectivo. A veces nos pasaba que había mucha gente bailando y necesitábamos gente en otro lado. Al interior, por ahí, nos sacábamos lo ojos, pero lo importante era sacar el colectivo para afuera.

El caso de la murga como dispositivo es que tiene varios frentes culturales (argumentación por medio de la historia, investigación, el barrio y el hecho de que todos pueden participar). Luego empezaron a participar algunos padres. Yo me fui sin llegar a lograr algo que había visto en una marcha y quería implementar: un escuadrón de mujeres. Quería percusionistas mujeres que cerraran la murga. Sin embargo, se trabajó otra cosa que declaré en el proyecto institucional: el concepto de identidad. Dejó de ser “la 19” y pasó a ser “La Fragata”, las levitas eran todas blancas y celestes (porque la Fragata Libertad es argentina) y dicen “Fragata” atrás. El tema de la levita costó en algunas personas que no podían personalizar la de su hijo, así que yo decidí que no se la llevaran a la casa, sino que quedaran ahí y que cada vez fuera “la que toca, toca”. Ahí donde hay un esfuerzo es donde se da el aprendizaje: poder corrernos de lo individual, y no poner los nombres, en función de lo colectivo. En este caso, se trata de lo institucional. El concepto de institución es un “mal necesario”, y es un concepto muy potente. Es importante que un chico entienda que ese banco estaba ahí cuando él llegó y que cuando él se vaya va a quedar. Doy el ejemplo de los bancos porque los escriben. Les digo: “Si ustedes tuvieran que empezar en una escuela de cero, sin bancos, no podrían cursar”. Con la murga pasó eso, porque las primeras camadas estaban marcadas por otras instituciones. Con el tiempo empecé a seguir las camadas de mi gestión, donde los talleres eran muy esforzados, con cincuenta alumnos y una sola docente. Hay que esperar y aguantar. El problema con los más chicos es que elegían talleres donde dictaba las clases la de séptimo y pensaba: “¿Qué voy a hacer con este chico de primer grado?”, “No sé, disfrazate”, le decía yo. Eso fue una cosa muy importante: cómo armar los talleres con los problemas de vínculo, porque el chico de primer ciclo se identifica mucho con su maestro y el resto son marcianos. Esto amplió las paredes de la escuela y todos eran maestros de todos. Por ejemplo, en los recreos nadie iba a buscar a “su” maestro porque habían pasado por las manos de todos, que es lo que yo quería.

El maestro de primaria está apto para esto, pero le falta. Yo les decía a los docentes: “Tienen 20 días para formar equipo”. A veces se formaban grupos de tres y se buscaba que por lo menos hubiera un maestro de grado, porque el curricular rotaba. Cuando entrábamos en las cuatro semanas de talleres (una semana era un lunes, otra un martes y siempre cambiaba el día), como el proyecto escrito lo firmaban todos, no importaba quién estuviera porque las decisiones las habían tomado entre todos.

La murga como eje salió un poco de ellos, porque en los últimos talleres de los ocho que se hicieron en octubre vieron que había muchos “clientes” para abril del siguiente año. Los maestros decían: “Hay que atender el deseo pero hay que abrirlo, fortalecerlo”. Llegamos a tener ocho talleres a la mañana y ocho a la tarde. Había mucho de historia, rima, composición de letra, composición musical, adaptación y grabación. Era un proceso muy fuerte que fuimos aprovechando en el aula durante todo el año. Siempre se da naturalmente y después se instituye. La función del directivo es estar receptivo a eso: ver el deseo del docente y de los chicos. Uno no tiene por qué ser infeliz en la escuela; gozar no es un pecado. Cuando los padres venían y decían: “No quiere faltar un día”; esa era la evaluación institucional. Lo que importa es que donde no había nada haya algo. Ahí no había una murga antes, y ahora hay una institución identificada y atravesada por una acción y una idea de construcción colectiva. Los chicos lo viven, pero internamente hay una impronta. Yo entré en 2007 y en 2008 hacemos los ocho talleres, donde surge que el de murga es el que más daba. A partir de 2009, todo el bloque era murga, con múltiples talleres conjugados al interior. Es decir que del 2009 al 2014 fue todo murga. El 25 de mayo de 2010 armamos un acto en la calle y creo que ahí debutamos con todo, como en el cambio de bandera en 2012.

En el 2014 hicimos el intento de cambiar el dispositivo a radio, y pasar la murga a los sábados como algo extra curricular, porque contaminaba mucho. Lo que buscábamos era un producto que fuera de la escuela. La murga, como la escuela, es un dispositivo del deseo. Si los maestros no gozan, no producen. Cumplirá, pero no produce. Con los alumnos pasa lo mismo. Por ejemplo, la experiencia con la levita (ropa de murga) trabajando en la clase de matemática y en la de física. La murga tiene varias cosas. Por un lado, es un dispositivo institucional y, por el otro, está muy ligada al deseo. Los chicos deseaban que llegara el día del taller. Hacían cola hasta los maestros. El taller formal estaba siempre en abril y octubre. Durante el año, ellos armaban actos, así que la murga siempre quedaba “viva” con eventos.

Los formatos de la enseñanza son múltiples e inimaginables

Hacer un taller donde todos intervengan es muy difícil. Me decían que eran una carga extra que los distraía y no les permitía completar el programa; yo les respondía que el programa era eso justamente. Van a ver prácticas del lenguaje en el taller de letras. Pero eso costó un montón y a los padres ni llegué. Se trataba de que el maestro se diera cuenta que el contenido era la forma. El formato de murga era el contenido de enseñanza. Nosotros enseñamos conceptos y con la murga enseñábamos que el ser humano es mortal y vulnerable. Por necesidad hay que ser social, no por elección. Uno no se salva solo; si el basurero deja de pasar, a mí me comen los bichos. Usamos la murga como dispositivo para armar una construcción colectiva, porque no le puedo dar una clase de ética o filosofía teórica a los ocho años. Entonces, ¿qué hacemos? le hago vivir la experiencia. Por ejemplo, si no alcanzan los tachos traigan baldes; “fulano no trajo, toque uno con un palo otro con otro palo”. Siempre primaba lo colectivo. ¿De dónde sale el dinero para la tela?: cooperadora colecta. Eso es lo que el docente tiene que entender, eso es un dispositivo (algo que te atraviesa en todo sentido y da la oportunidad de aprender conceptos, no contenidos).

El proceso es lo importante, cuando disfrutás y cuando discutís. Me acuerdo de los tres actos grandes en la calle donde nos juntamos todos y decíamos “podemos, ya lo hicimos, esto lo vamos a hacer porque: ¿cómo estuvimos?”, “Juntos”, dicen los chicos. Me parece que la murga tiene muchos frentes desde lo obvio: la música, el baile, el cuerpo. Y a nivel interno tener que bancarse al otro y bancarlo. Los pibes solos se organizan y se ordenan y miran al profe, que es fundamental y ocupa un lugar natural que ellos construyen. El de séptimo no tiene más poder que el de primero o el de segundo, eso pasa en los talleres. Lo mismo sucede con los maestros. En el dispositivo se universaliza todo. Esta idea de los talleres universalizó a todo el mundo sin ningún formato en particular ni protocolo. Generan una pertenencia que hace que uno no tenga que cuidar nada de los problemas que a veces aparecen. Se trata de la identidad y la pertenencia que tienen que ver con el vínculo, la ayuda y aceptar la diversidad.

Una vez fuimos a actuar al Parque y teníamos un alumno muy particular que tocaba, pero a destiempo. Un profesor de otra escuela lo agarró y le quería enseñar a tocar a tiempo durante la actuación (cosa que no iba a lograr nunca con un nene con problemas neurológicos). Lo paré y le dije: “Querido, ¿por qué no cursás de vuelta?” Si vos tratás de sacar al que va más lento, ¿de qué diversidad estamos hablando?. Hasta en ver cómo progresó ese chico en la murga ha sido maravillosa la vida, que me ha dado esa situación como cierre de mi carrera.

Hacías un acto en la calle y los chicos se emocionaban porque la gente salía a los balcones a mirar. Una cosa que recuperamos para los chicos, y que es importantísima, es que la gente no es ni buena ni mala, sino que hay que darle la oportunidad. Si no estuviste nunca en una fiesta en la calle no entendés, pero si le ponés una invitación en papel dorado que diga: “Vecino, no nos deje solos, somos la escuela de la cuadra, no solo hacemos barullo” (porque se venían a quejar por la murga). Todo eso viene a partir de la murga. Son aprendizajes que no se pueden hacer exclusivamente con un libro. La murga, o cualquier otro dispositivo, tiene ese valor: uno vive la experiencia. Con los años, la murga ha sido tan potente que nos va a acompañar siempre. La foto del corazón de la primaria es un lugar al que uno vuelve. Volver al patio de la escuela, al barrio, sentir el olor del gimnasio cuando uno está haciendo la percusión, los gritos, volver a la murga.

Conversaciones de “Semillero murguero: formar con murga para la inclusión” / Carlos Iglesias –  Rumbo Sur, 2017.