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Llevar la murga a otros lugares

GISELA GÓMEZ
Fotógrafa y murguera

Mi historia une el amor y la pasión en una sola foto. Cuando conozco a mi marido Sebastián, me cuenta que forma parte de una murga, algo que siempre me gustó y que no conocía de fondo. Intentando compartir algo con él me inicio en la murga, junto a mi hija Yanella. Era una actividad familiar, una reunión de amigos, una cultura popular que jamás había experimentado. Empezamos a bailar, a compartir, a cocer apliques, arreglando galeras y acostumbrándonos al nuevo maquillaje.

Pasa un tiempo, ya dedicada, paralelamente a la fotografía, que veía que no había registros que demuestren en verdad el esfuerzo de todo el año. El trabajo de cada integrante de la murga. Decido colgar el traje y me ubico atrás de mi lente. Registrando todas las salidas de la murga, me empiezo a cruzar con otras murgas, que también tienen el mismo trabajo. Es por esto que salí con cámara en mano a todos los corsos que podía. Tratando de devolver ese esfuerzo anual para llevar al barrio alegría, color y música. De esto se trata mi experiencia. De bailar con imágenes.

Pero en una ocasión tuve la posibilidad de unir el amor, la familia, la escuela y la murga. Estábamos cenando en familia como acostumbramos hacerlo cada noche, cuando nuestra hija Yanella (que en ese entonces tenía 7 años) nos comentó que su maestra necesitaba hablar con nosotros.     

Después de haber pensado toda la noche en los que podría haber pasado con mi hija, me acerqué al establecimiento y me reuní con la maestra en el aula. En ese momento, ella me sonrío y me dijo “Me comentó Yanella que bailan en una murga”.           

Yo, que estaba entre sorprendida por la pregunta y aliviada porque me di cuenta que no había pasado nada grave con mi hija, le conté que mi marido tocaba el bombo y que Yanella y yo formábamos parte del cuerpo de baile de la Murga Los Impresentables de Flores. Fue así que la maestra me consultó si nosotros, como murga, nos podíamos hacer cargo del acto de fin de año de la escuela. Yo no lo podía creer. Fue súper emocionante que nos haya convocado porque nunca habíamos actuado en un ambiente escolar y automáticamente, sonrisa de por medio, le dije que sí.                    

El hecho de que la murga esté en el colegio era una noticia súper importante para mí. Me emocionó la propuesta porque siempre tuve el pensamiento de que una murga es la expresión artística más completa, que une el baile, el canto y la percusión y que conlleva un importante trabajo social con la gente ¡La murga iba a presentarse en el colegio! Seguía sin creerlo.              

Estaba contenta por mi familia y por los chicos del colegio, porque otros dos cursos, además del de mi hija, se sumaron a la convocatoria, uniendo a tres grados con una levita, un paso de baile y una misma canción. Todo eso coordinado por un bombo y un platillo tocado por mi marido y bailado por mi hija.            

Nunca me voy a olvidar de la experiencia. Se trabajó mucho, se ensayó y nos divertimos un montón. Los chicos aceptaron la murga y querían saber cada vez más. Les generó mucha comodidad y alegría. Además me enorgulleció que todas las familias de los alumnos hayan estado involucradas en el proyecto, familias que nunca tuvieron vínculo con la murga. Los padres se encargaron de los trajes, las maestras aprendieron a bailar con tres saltos (que es uno de los movimientos típicos del baile murguero), un poco de rumba y con los brazos en alza al ritmo de la música.     

Así, el colegio conoció un poco más de qué trataba una murga y cada chico encontró su lugar demostrándolo en el acto de fin de año. El día de la presentación hubo un montón de levitas de muchos colores, bien peinados, con mucha alegría y ansiedad. Así fue como, cuando terminaron los discursos de los distintos directivos del establecimiento, se escuchó el primer silbato, por parte de mi marido, que indicaba el comienzo del show, de la fiesta, de un poquito de carnaval en ese cierre de año.              

Al primer golpe del bombo salieron esos colores, en hileras, moviendo los brazos para todos lados con una sonrisa en cada carita. Todo el colegio aplaudió, disfrutó y se contagió de esa alegría que emana por naturaleza una murga. Con esa capacidad de decir, de participar, de criticar, con un lugar para cada chico. Pudiendo aprender el respeto, el compromiso y tolerancia. Porque la murga enseña a expresarse.            

No fue un simple acto de fin de año. Fue una murga dentro de la escuela y eso nos hizo feliz.

Él es Sebastián, mi marido, creador de nuestra murga familiar.

Sebastián Ojeda

Ser murguero, hacer murga

Mi experiencia con la murga nace de una fuerza que en mi caso no pude controlar nunca. Podía estar caminando por cualquier calle, estar haciendo cualquier trámite o dirigiéndome hacia algún lado que el solo sentir de lejos el pulso de un bombo hacía que cualquier plan se viese alterado por una atracción irresistible que me llevaba a buscar el origen de ese ritmo. De verdad, para mí era como encontrar una casa con una luz prendida en el medio del campo, como una especie de oasis en un desierto. No son palabras. No sé qué reminiscencia primitiva despertaría en mí aquel hipnótico pulso, pero algo en mí necesitaba ver quiénes le daban vida a ese ritmo, si tenían un nombre, si tenían sus colores, en fin. Estar un poco ahí. Sentirme parte de esa emoción.

Esa búsqueda constante de la sonrisa, de la alegría, de superar el plano gris que se le impone a nuestra sociedad y de crear uno más colorido, más vivo, más real, me hizo querer la murga como el paraíso donde todas mis emociones más poderosas cabían justo. La bronca y la impotencia de no poder cortar los hilos que nos tienen atados a las políticas de seres nefastos y corruptos, la posibilidad de criticar poniéndolos en ridículo pero alertando al espectador y recordando, recordando porque la murga también es memoria activa. Es nostalgia, es tango y son los ritmos que se escucharon de siempre en las calles de la ciudad. Es rumba, candombe, milonga. La murga somos nosotros. No pasó mucho y pronto me vi buscando gente que se quisiera sumar a este sueño para construirlo de a muchos y compartirlo y así fue que alrededor de 2004 se funda el germen de lo que hoy en día somos Los impresentables de Flores.

La búsqueda de un espacio propio nos llevó a conocer todos y cada uno de los colegios del barrio donde en muchos dejamos actuaciones en otros ensayos, en otros talleres y, en otros alguna promesa que todavía está por cumplirse.

Si bien la murga es un concepto de grupo social con asiento en la calle, la murga en sí para sobrevivir debe mantener su esencia pero a la vez debe también impulsar la calidad del género, peleando contra la estigmatización de la que es víctima y, a veces, con razón. Mejorar en su sentido musical, en su poética, en su estética, en su valores internos como grupo humano. Todo esto hace de la murga una experiencia con muchísima potencia y posibilidades para ser aprovechados desde sitios como la escuela, como talleres, como lugar de encuentro, como un catalizador social.

La murga como acción social

La experiencia de la murga con la sociedad se puede calificar como la apertura de un espacio donde se promueve una acción liberadora. La murga es un espacio abierto a todo el mundo en teoría, pero en práctica, es una herramienta social más útil para los sectores más marginales y/o afectados por las carencias materiales.

Esta naturaleza genera una estigmatización por parte de los sectores de la sociedad que no encuentran utilidad en la misma y la catalogan rápidamente como “Cosa de negros” o como aquella demostración anual que cada febrero les ocasiona dolores de cabeza en cada corte de calle que encuentran. Música ruidosa y mal tocada, negros, drogadictos, borrachos, etc.

Es real que la murga es el espacio que busca atraer a aquellos inclinados a la música pero que no pudieron tener educación musical, y es real que atrae a aquellos inclinados a sentirse parte de algo más grande y que no tuvieron lugar en ningún otro espacio. Porque esa es su esencia, es un espacio de contención y acción. Lo que hay que cambiar es la idea exterior que se tiene, ya que la murga transmite conocimientos e intenta direccionar en forma positiva las capacidades de sus integrantes. Es real que en muchos casos el material humano que se acerca a la murga es un elemento mas golpeado o menos “educado” que el común de ciudadano promedio, y es natural y está bien que así sea. Ahora bien, la murga tiene la responsabilidad y el deber de potenciar las habilidades que precisa de sus integrantes, sentido musical, creatividad, conducta positiva dentro de un grupo humano, cultura física, etc.

Son muchísimas las actividades y disciplinas a desarrollar dentro del conjunto humano murga. No es un pasatiempo, porque más allá de la satisfacción de las pequeñas realizaciones, la mirada intelectual siempre está apuntando al entendimiento de la actualidad política y social del momento. La murga es un colectivo que contiene y que comparte, que crea y que busca generar conciencia.

Desde la concepción de mi visión de la murga ideal, partiendo desde la tradición y más allá del sentido critico, siempre la asumí como espacio para el cultivo de los sentimientos, de la amistad y la familia, de la emoción nostálgica que heredamos del tango, y de aquella gratitud que profesamos al barrio aquellos de nosotros que desde chicos nos criamos en la vereda de nuestras calles. Esas calles que no tienen dueño y de las que, a la vez todos somos dueños. Ese espacio que nos recibe a todos igual se traduce en las filas de nuestra murga, que recibe a todo aquel que sienta la necesidad de encontrar un lugar donde liberarse de las cosas que lo atan, de la rutina, de la estrechez mental, de la monotonía, etc.

Desde un primer momento hacemos el pregón de los sentimientos por sobre las razones y, manteniendo la crítica a las acciones concretas que afectan al conjunto de la población, mantenemos la prioridad de la liberación de los sentimientos ante el enarbolar de una bandera o inclinación política, sin perder la capacidad critica de la actualidad.

“No vamos para la izquierda, tampoco vamos derecho, si nos buscan en el centro nunca nos van a encontrar, nosotros somos de adentro nuestra ley son sentimientos, bohemios de nacimiento te cantamos la verdad.”

Partiendo desde esta base, la murga creció y nuestro contacto con diferentes instituciones sociales fue muy nutrido y continuo. Nuestra última experiencia fue con los Scouts del grupo Bernardino Rivadavia con sede en Condarco y la vía. Durante enero de 2017, todo el mes fuimos cada sábado por las tardes a brindar un taller, donde los chicos fueron aprendiendo los primeros pasos de baile, la historia de la murga, los ritmos, las tradiciones. En especial se les trató de incorporar el sentimiento de pertenencia que presta la murga. Finalmente, el último día pudimos decir que teníamos una murga hecha y derecha.

Nosotros buscamos acercar la cultura murguera a los chicos y a todos aquellos interesados, bien para darle continuidad o bien para llevarles y compartir este sentimiento que llevamos dentro los murgueros y del cual estamos tan orgullosos. Le ofrecemos la posibilidad de ser murguero.

En la actualidad, el género murga porteña busca afirmarse como propio y separado de sus estilos hermanos, el candombe, la batucada, la comparsa, la murga uruguaya, etc. Así, a través de un estatuto aceptado por una comisión de murgas, el carnaval porteño promueve el desarrollo de la murga por medio de un sistema de puntajes en los que la murga debe evaluarse, respetando ciertos lineamientos que corresponden a mantener la esencia y “tradición” del estilo, tales como mantener al bombo y el platillo sobre el 70% de la cantidad de instrumentos que la murga toca, así como la obligación de disponer de glosas y canciones de presentación y retirada, además de la canción de crítica, entre otras cosas.

La murga es un espacio poético de lucha y expresión artística. El arte como vehículo directo entre las emociones más íntimas de la naturaleza humana se respira en cada paso, en cada lentejuela, en cada canción, en la música, en cada ritmo que lleva la misión de hipnotizar y hacernos olvidar de todo lo que nos rodea para poder volver a vernos a nosotros mismos. Los brillos, las banderas, los espejitos y los colores no son ni más ni menos el adorno con el que se visten las ideas, no son distracciones, sino reflejos, pequeños trucos con los que se empuja la abstracción del público. Con su atención y con un sonrisa melancólica en la cara, se entiende que la tarea de la murga está lista para ser cumplida.

En esto andamos con la murga que creamos con mi amigo y su director actual. Él es Martín.

Martín Oliva (Cachi Flores)

Director de la murga “Los Impresentables de Flores”

Me topé con la murga a los 20 años, casi de casualidad, estudiaba Medicina y la idea de un pasatiempo era atractiva. Surgió por la idea de que nuestro barrio (Flores), tenga su murga propia. Al principio me atrapó la idea de un grupo de pertenencia, de hacer una actividad en el barrio y de experimentar algo que hasta ese momento solo veía de afuera como espectador. Nunca se me cruzó por la cabeza que el tiempo iba a encontrarme en esta situación. Referentes de Flores, transformados en Asociación Civil, trabajando con organizaciones internacionales y formando un grupo humano tan grande y unido.

Algo más. Una oportunidad de actuar en la sociedad a través de la murga. Hace un par de años nos llamaron desde el Gobierno de la Ciudad para impulsar las actividades artísticas y culturales en los más chicos para que empiecen a trabajar en un vínculo con la gente de afuera. Obviamente a nosotros nos gustó la idea y accedimos enseguida.

La verdad es que realizar actividades con la murga en escuelas o talleres con pibes estuvo buenísima, estuvo bárbaro. Pero lo que hicimos en el hogar Nuestra Señora Del Valle (institución para menores de edad) fue distinto a cualquier otra cosa que hacemos con chicos, porque hay muchos chicos que directamente no tienen padres, otros que sí pero los ven una vez al mes, otros los ven los fines de semana y después hay otros que quizás los ven una vez al año en el cumpleaños o directamente ya no los ven. Nos contaban que había chicos que a los padres los veían tres veces al año, después una y después años que no los veían. Entonces te das cuenta que los chicos tenían falta de cariño, de atención, de jugar un rato, de que les den bola. No están acostumbrados. Te das cuenta que es distinto.

Fuimos a muchos colegios, muchos jardines, y con los chicos del Hogar es distinto, tienen una recepción enseguida: te abrazan, te agarran, te preguntan cuándo vas a volver, te preguntan si vas a volver o si no venís más. Te das cuenta que hay algo como que los marca.

Yo creo que la murga tiene varias facetas para ofrecer a la sociedad. La principal creo que es el artístico. Creo que nunca tenemos que olvidarnos que somos artistas. Tenés el artista que vende la entrada a 10 millones de pesos y el artista callejero, es una gama enorme de artistas. Creo que nosotros hacemos arte. Arte que está vinculado con lo que es la cultura nuestra, de la Ciudad de Buenos Aires.
La murga también ocupa un rol social, hay muchas murgas que ocupan un rol social que es de contención, un lugar de inclusión: hay muchos chicos que no tienen lugar en otros grupos sociales por la condición de humildad o de pobreza, y en la murga encuentran un grupo que los recibe sin cuestionarles nada, sin juzgarlos, sin preguntarles nada de sus vidas como señalándolos con el dedo. Entonces creo que la murga cumple ese lugar social de contención, más que nada. La murga es un lugar donde convive gente de 3 años hasta 70 y están todos en el mismo lugar, comen juntos, salen juntos, bailan juntos, no hay ningún tipo de diferencia. Está el que llega en auto y el que viene en bicicleta o en colectivo. La murga es como un nexo entre varias clases sociales, entre varios mundos.

Yo creo que los chicos del Hogar, se dieron cuenta de que estábamos yendo para estar un rato con ellos, que no es que estábamos yendo a dar un show y listo. Porque de hecho, cada vez que vamos, la murga es un plano secundario. Generalmente, vamos tres o cuatro horas a estar con los chicos y siempre llevamos algo para hacer con ellos, para jugar con ellos, dibujamos, jugamos a la pelota, jugamos a un juego, “La búsqueda del tesoro”. En ese momento, lo que menos hacemos es la murga, la murga es lo último, es lo final. Después hacemos el show y le enseñamos a bailar a los chicos, un juego de baile, de percusión.
Me acuerdo que las primeras veces que fuimos querían todo el tiempo que toquemos: “toquen, toquen, toquen”, y después ya cuando íbamos la murga era totalmente secundaria para ellos también. Nos querían mostrar las cosas de colegio, su cuarto, sus cosas, dónde dormían, dónde comían, todo el tiempo querían mostrarnos sus fotos, que juguemos con ellos. Creo que hasta inconscientemente ellos ya saben que vamos para pasar tiempo con ellos y no para sólo mostrarles un show, cumplir e irnos. Creo que sí saben que la murga los hace amigos, que los trae, que los une.

Creo que es necesario darle el espacio a la murga tanto en el ámbito social como en el cultural. Estaría bueno que incluyan a las murgas en el circuito cultural de la Provincia, la Nación, los municipios, en todos lados, porque el único lugar en el país donde se le da lugar a las murgas, un subsidio y un cierto marco formal es en Capital Federal. Es necesario que se incluya desde el lado social y desde el lado artístico. No se puede desvincular el sentido de la murga de ambos principios.

Carnaval eterno, no solo en febrero/ en cada momento en el que el sueño se hace realidad / La vida se mueve, aunque no parece / al ritmo de un bombo que late solo y sin parar. LA VIDA SE MUEVE – Homenaje 2006 / Sebastián Ojeda , Murga los impresentables de flores

Conversaciones de “Semillero murguero: formar con murga para la inclusión” / Carlos Iglesias –  Rumbo Sur, 2017.