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Si no hay ternura ni alegría, no se puede construir nada

ENRIQUE SAMAR
Maestro y quince años director de Escuela

En la década del ‘90 me empecé a enganchar en la murga, intentando participar de Los Quitapenas
(fui a algunos ensayos, pero no me metí de lleno). Quedé muy entusiasmado y le propuse a Silvia (la directora de la escuela Nº 9 del distrito escolar 3) organizar un proyecto que tuviera que ver con la murga. Ahí encontré un grupo de maestros que se engancharon enseguida. Con Osvaldo (el profesor de música), el profe de educación física y unos maestros, nos largamos. Lo que hacíamos era como una campaña electoral para decidir el tema de la crítica. En cada grado, los pibes discutían qué tema podía ser y, después, salían a los patios con carteles para proponer y difundir su propuesta y tratar de volcar la elección para ese lado. Eso estaba bárbaro. Yo largué el proyecto de murga y ajedrez; el tema de la crítica y la letra de las canciones lo discutían en los grados junto con el profe de música. Cuando me fui se hizo un año más y, luego, fue decayendo. Eso pasa a veces. La última vez que visité la escuela fue cuando se jubiló la directora. Volvimos todos los de esa época para hacerle una sorpresa con una murga especial de despedida. Participaban todos los pibes, las madres y los maestros; fue una experiencia hermosísima.

Cuando me fui a Flores sur como director, muy entusiasmado, les dije a las maestras: “¿Qué les parece, chicas, si vamos pensando hacer una murga para despedir el año a fin de año?”, y me miraron como si tuviera una cara de loco terrible. Me dijeron: “No, en esta escuela nunca se hizo, no se puede, ¿cómo vamos a hacer eso? Nosotros no estamos acostumbrados”. Una negativa como si se estuviera jugando no sé qué cosa. En ese momento tuve un momento de lucidez y pensé en no insistir”. Les dije: “Vamos a hacer como están acostumbradas ustedes la fiesta de fin de año, pero el año que viene vamos a volver a charlar el tema”. Eso fue en el ‘97 y en el ‘98 habrán pensado: “Pasó un año, se olvida”. Sin embargo, cuando llegó el momento del ‘98 volví con el tema de la murga y les dije: “Miren, lo vamos a hacer sí o sí porque tenemos que hacer la experiencia y ver cómo sale”. Los pibes chochos, contentos. Ahí, en la escuela 23 del del distrito escolar 11, tuvimos una ayuda extra que no tuvimos en la otra. No recuerdo bien cómo, pero establecemos un vínculo con una murga del barrio que necesitaba un espacio para ensayar. Martín ,su director, vino a verme y me dijo: “Viene el invierno y necesitamos un espacio para ensayar y, de paso, si usted quiere, podríamos abrir un taller para los chicos”. Establecimos un lindo vínculo con los chicos de la murga Los Inevitables de Flores. No solo venían a ensayar y hacer el taller de murga, sino que todos los años en la fecha de su cumpleaños hacíamos la fiesta ahí mismo. Cortábamos la calle en la puerta de la escuela, sobre San Pedrito, y venían murgas amigas, como se acostumbra. La escuela estaba abierta de par en par, para que se cambien y toda la historia. Por supuesto, no fue fácil. A algunas maestras, a las autoridades y a algunos padres no les gusta abrir la puerta de la escuela, con el discurso de que “vaya a saber quién entra y por ahí rompe algo”. Pero yo me mantuve firme en abrir la escuela siempre. Fueron varios años de una linda experiencia: una murga del barrio venía a ensayar, hacíamos un taller de murga optativo para los chicos de la escuela fuera del horario escolar y, además, festejábamos el cumpleaños de la murga en la puerta. La murga estaba ahí, como parte de la escuela.

A fines de 2008, les decía a las maestras: “El año que viene todos van a estar hablando del tema del bicentenario: el gobierno nacional, el gobierno de la Ciudad, todo el mundo. Nosotros podríamos empezar a charlar sobre el bicentenario ahora y armar un proyecto.” Y así fue que hicimos un montón de cosas y algo de murga siempre. Después, en el 2012 dije: “Se viene el bicentenario de la asamblea del año XIII” (yo soy artiguista). La fui a visitar a Laura Ballaco (una profesora de música que está acá cerca) en el mes de enero-febrero y le dije: “¿Qué te parece si armamos algo por el bicentenario de la asamblea del año XIII, pero poniendo acento en la figura de Artigas?” Luego, los incluimos a varios maestros y profesores amigos. Algunos no eran de la escuela, pero los convoqué para que se sumaran. Así, armamos una especie de murga uruguaya con un fuerte contenido en las letras y un poco de humor. Creo que es un material que en las escuelas vendría bien, porque el artiguismo es un tema que se ignora mucho. También participaban alumnos, pero el grupo fuerte éramos adultos.

La experiencia de hacer murga en las escuelas no fue chiquita, sino que duró varios años. En la escuela donde era vicedirector, siempre estaba en el acto de fin de curso, después de la parte protocolar, entraba la murga al patio y ahí terminábamos bailando todos (incluyendo padres y chicos). Los pibes eran lo principal en esa experiencia. En la hora de música el profe de la materia y el de educación física se ocupaban de la música y del baile; por su parte, las maestras se ocupaban de la ropa, los carteles y todas esas cosas. Eso se volcaba en canciones, que cantaba toda la escuela. Era un laburo que se hacía de a poco para llegar a fin de mes, porque el profe de música tenía otras cosas. Hacíamos reuniones entre cinco o seis para ver cómo lo llevábamos adelante. No me acuerdo si teníamos algo escrito, pero no tenía importancia porque nos reuníamos con el aval de la directora en la sala de maestros y nos poníamos de acuerdo dentro del horario escolar y en la escuela. Esto duró tres o cuatro años.

En la experiencia de Flores, la participación de los docentes era menor. En principio fuera del horario escolar, y participaban los que querían, un día de semana. A veces era todo el patio lleno de pibes (tres o cuatro filas). Pero no fueron los dieciséis años. Al principio hubo un poco de resistencia, pero como vino una murga de afuera eso ayudó a que no se opusieran (no te saca tiempo de clases, justamente porque viene alguien de afuera). El taller lo armaban ellos y nos poníamos de acuerdo con el tema de la crítica, el color de la ropa y el nombre de la murga para que los pibes participaran. La murga de la escuela tenía nombre propio. Generalmente a fin de año, les pedía a los chicos de Los Inevitables que vinieran, sobre todo por el tema de los bombos y los redoblantes. Porque nunca tuvimos bombos. El nombre fue Los revoltosos de la 23, aunque no siempre se mantuvo (porque después votaron y lo cambiaron). Algunos de los primeros temas que salieron en la murga fueron la ecología, la discriminación y la violencia. Los maestros tenían que escribir la canción.

Por un lado, la murga permite que todo el mundo participe: al que le gusta bailar, puede bailar; al que le gusta tocar un instrumento, toca un instrumento. Todo el mundo puede participar: el gordo, el flaco, el alto y el bajo. El niño aprende a respetar consignas. La murga lo invita a estar siempre presente, a hacer esfuerzos, a compartir, lo educa al saber esperar, educa la atención y la concentración. Por otro lado, si los docentes decimos que la escritura tiene que tener un sentido para los pibes, qué mejor que los pibes hagan un trabajo colectivo de redacción de las canciones que escriben. Las van a escuchar todos y me parecía que se justificaba muchísimo el proyecto. Yo siempre digo que la alegría tiene que estar presente en la escuela. Es un piso y a partir de ahí profundizamos. Pero si no hay ternura ni alegría, no se puede construir nada. Entre amigos digo: “Hay maestros que se tienen que dedicar a vender perfumes o ropa; es un trabajo honesto, se pueden ganar la vida pero no joden a nadie. Si andás por la vida enojado, no vayas a una escuela, vendé ropa.” Me llevé algunas sorpresas. Había un profe de educación física (psicólogo o psiquiatra) aparentemente muy serio que se enganchó en la murga; bailaba y todo. También había un bibliotecario tímido, a quien he visto con galera y bailando. Algunos docentes me sorprendieron. Es bueno para los pibes ver a los maestros jugando, bailando o cantando.

Lo mismo pasó con el proyecto de ajedrez, porque tenía maestras que decían: “No, a este pibe no le da la cabeza, no puede.” El pibe sabía. Primero distribuí juegos de ajedrez en el recreo para el que tenía ganas, después los entusiasmé para que le enseñen a los otros chicos y, finalmente, empecé a organizar torneos de ajedrez. Con el transcurso de los meses, los torneos de ajedrez los ganaban algunos de los pibes que en las materias no les iba bien. Entonces a una de las maestras la senté en la dirección y le dije: “Hay algo que no entiendo, explicame por qué vos decís que a este pibe no le da la cabeza si le gana a sus compañeros en el torneo de ajedrez, a los campeones del turno tarde y a los campeones de otras escuelas. ¿Vos decís que no le da la cabeza? No me cierra”. Yo pretendía que ella reflexionara. A fin de año el pibe estaba con el trofeo de ajedrez y toda la escuela lo aplaudía. Al pibe le cambió la vida. En algunos casos, me acuerdo nombre y apellido. Una vez lo encontré a Juan Carlos Mollericona Mendoza iniciando ingeniería. Una cosa así al pibe le cambia la vida.

Una cuestión básica para empezar un proyecto como el de murga o ajedrez es juntarse. Los docentes se tienen que juntar con otros docentes y trabajar juntos. No sirve la idea de cada maestro con su librito (aunque sea piola y progresista). Hay que armar proyectos institucionales, si se puede, y si no armar un grupo para empujar juntos. En la escuela donde fui director, cuando me fui cayeron dos directoras que no querían a los pibes y trataban de que las maestras se pelearan. Por suerte puedo decir que las maestras se han mantenido firmes y han defendido lo que ellas pensaban que había que defender. Estoy muy contento porque ese es un tema muy generalizado: se va de la escuela un director y se viene abajo. En este caso, a pesar de las directoras que me sucedieron, las maestras se han mantenido firmes y están haciendo lo que pueden. Están los pibes que bailan naturalmente, con gran habilidad, y todo el mundo se queda admirado por cómo bailan; y están también los pibes que tocan instrumentos. En el caso de la 23, a los pibes que tocan sicus les dimos el espacio para ser valorados y respetados. La maestra no sabe tocar sicus, pero el pibe sí porque se lo enseñó el abuelo, el padre o el hermano. La alimentación también es un tema. Por ejemplo, en las escuelas la cooperadora tiene que juntar fondos y ponemos un kiosquito para vender panchos o coca-cola. Una vez le dije a una madre de la cooperadora: “¿Qué estamos haciendo nosotros desde la escuela? Hablamos de cuestiones saludables y les vendemos pancho y coca-cola que son una porquería.” Empecé a recorrer los grados preguntando a los chicos: “¿La mamá de ustedes cocina quinoa?” Algunos decían que sí, así que armé un taller que dictaban las madres que cocinaban quinoa para las otras madres. Es muy importante para una madre boliviana o del norte, que siempre fue discriminada, estar enseñándole a las otras cómo tienen que hacer para cocinar quinoa.

Antes de jubilarme pensé: “Todo este laburo no puede ir diluyéndose, más allá de que las maestras sigan peleando por este proyecto a pesar de que les pongan palos en la rueda”. Quería que quedara escrito que es algo que los docentes no hacemos. Una vez que me jubilé largué el libro Wiphay. Después me quedé pensando y dije: “Así como yo cuento la experiencia de tantos años de los maestros y de toda la comunidad educativa, hay muchas otras”. Una que me impactaba especialmente era el encuentro por la memoria de mi tierra (un grupo que hoy ya tiene doce años). Se trata de un grupo de profesores de música que se junta en febrero para acordar ciertos temas en común de distintas zonas y, luego, juntan a los pibes, no para hacer una competencia sino para disfrutar y tocar juntos. Juntan quinientos pibes y hacen todo a pulmón; han tocado en La Plata, en el Palacio San Martín, en el Parque Centenario, en la Feria de Mataderos y en la Plaza de Mayo. Ahí se me ocurrió la idea de pensar un nuevo libro donde se cuenten otras experiencias: Encuentro. Son alrededor de quince capítulos, con la idea de abrir el debate, multiplicar experiencias, profundizarlas, discutirlas y modificarlas. Capaz algún docente, leyéndolas, dice: “La verdad es que yo podría hacer algo parecido”. Todas las experiencias tienen en común el gran compromiso con la educación pública y son todos maestros de la tiza. Es decir, no hay ningún licenciado en Ciencias de la Educación que nunca agarró una tiza. Eso, personalmente, no me interesa. Creo que no son simples experiencias, sino que pueden llegar a transformar todo. Hay proyectos institucionales que atraviesan a toda la escuela y pueden transformar.

A las directoras o directores los bombardean por todos lados. A mí me hubiera gustado estar en una escuela sin tener que participar de reuniones convocadas por el supervisor para hablar de cualquier cosa, o sin tener que estar pensando en las planillas o la cooperadora. En el caso de la murga estoy convencido que tendría que estar en todas las escuelas. Porque una murga es una actividad donde pueden estar todos, cantando, bailando, haciendo las canciones, diseñando los trajes. En la murga se conjugan distintas disciplinas, la plástica, la poesía, la música y la danza. Las capacidades individuales confluyen en una creación colectiva de la que, a su vez, todos aprenden. Además la murga incluye a los chicos, a los maestros, a los padres, al barrio. Si uno tuviera más tiempo podría hacer más cosas. Para mi la concepción de la escuela siempre fue abierta. Inventé la palabra “hermanados” para pensar la relación con las instituciones del barrio y con otras escuelas. Si podemos armar algo con la escuela que está a seis cuadras, bienvenido. Armemos algo en la plaza, o una vez en esta y otra vez en aquella. Lo hemos hecho con escuelas vecinas. Si podemos armar un proyecto con la biblioteca popular que está a cien metros, bienvenido también. Si podemos hacer algo con la banda de Sikuris Sartañani que ensaya en la plaza, bienvenido. Siempre concebí así a la escuela: una escuela abierta y hermanada con el barrio. Si como me pasó con Martín, el director de la murga, él viene y me pide un espacio para ensayar, la lógica es decir: “No, tengo que mandar una nota al supervisor para ver si me da permiso.” Si pedís permiso, te van a decir que no. Hay cosas que no se pueden pedir”.

Conversaciones de “Semillero murguero: formar con murga para la inclusión” / Carlos Iglesias –  Rumbo Sur, 2017.