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La cultura sostén que cura – Alfredo Moffatt

RELATOS / Cultura y Sociedad 

Alfredo Moffatt

Soy un terapeuta clandestino y, al ser clandestino, puedo ser psicólogo, psiquiatra o sociólogo. Esa es la ventaja de la clandestinidad. Hace casi cincuenta años que me dedico a los pobres y a los locos. En ese campo es donde mas claro registro que la cultura es sostén de la persona.

Se hace posible un sobrevivir al azar y a la indeterminación de todo futuro, podemos concebir la palabra como el instrumento que nos rescata del encierro en la subjetividad, pues vincula y organiza, sirve para comunicarnos y definirnos. Se trata de una explicación compartida, pues se encuentra fuera de nosotros, siempre entre tú y yo, y la palabra es estable. Por eso, toda terapia debe llegar siempre a la palabra, aunque empiece en el cuerpo (Gestalt) o en la escena (psicodrama). Pero también es peligrosa si empieza y termina solo con la palabra, pues será una palabra vacía, que no reinstala la realidad.

El instrumento básico con que la cultura organiza la subjetividad caótica es el lenguaje que es un estabilizador de la realidad, gracias a que hace posible el diálogo con el otro. La palabra permite que las subjetividades, que son cambiantes, ambivalentes y caóticas, se puedan encontrar. Esto es porque el símbolo no cambia en su significación, debido a que se encuentra en el espacio intermedio “entre” las subjetividades. Está “escrito en libros y papeles”, es decir adherido al mundo físico, que tiene la propiedad de permanecer. Estas señales (los lenguajes) atraviesan, superan la discontinuidad de la conciencia y permiten la continuidad de la acción, del diálogo. Coordinan las expectativas sin lo cual el encuentro de las subjetividades no sería posible.

Estamos condenados a caminar entre la incertidumbre y la pérdida, pero la cultura construyó sistemas de sostén para ese salto que permiten armar proyectos y hacer, así, una vida con sentimiento de realización. La vida es como un viaje en la niebla: solo vemos “ahí no más” y para poder avanzar debemos alucinar un camino. A este camino lo inventamos con partes del recorrido, suponiendo que hay curvas y escalones que se repiten. De todos modos, ese futuro (el proyecto) es siempre una plataforma que avanza en ese vacío de información que tenemos siempre adelante.

Los vínculos

El otro como testimonio de mí, ya que la mirada de los otros me termina de definir. Yo soy en la mirada que el otro me devuelve y por mirada queremos indicar la palabra, el gesto, el abrazo y, en general, todo el comportamiento que el otro desarrolla hacia mí. En suma, la mirada del otro me devuelve la identidad porque me mira definiéndome.

Siempre es necesario contar con una mirada y preferimos aún ser odiados, reprochados o culpados que sufrir su ausencia. Como el protagonista de nuestro tango (ex-niño abandonado) preferimos las miradas rencorosas que se intercambian con la “mina” a no tener mirada ninguna.

Recordemos la contestación de Freud cuando se le preguntó qué es la salud: “poder amar y trabajar”. Por su parte, Sartre sostiene que el “ser-ahí” es un “ser-ahí-con”. Por eso, quedar totalmente solo y sin historia equivale a volverse loco, pues se han perdido también los otros que fuimos para quedar fuera de nosotros (es decir, alienados).

Devenir posible

Una manera de explicar la construcción del futuro podría ser el hecho de que se memorizan recuerdos de situaciones inconclusas, que por no haberse ”cerrado” contienen energía psíquica y tienden a “futurarse”, es decir, a ser esperados. Si el recuerdo de la situación inconclusa es placentero tendrá lugar el deseo,  territorio de la salud, pero si lo que casi sucedió fue una experiencia dolorosa, el recuerdo se futura en lo que llamamos miedo. La salud sería algo así como la creación de una película cinematográfica a partir de los presentes discontinuos y, por tanto, existir en el devenir, mientras que en la crisis, la película de la vida queda en una sola imagen paralizada, se transforma en diapositivas, pierde el movimiento, el sentimiento de devenir, de existir.

Es necesario armar una historia con lo que me pasó. Yo voy a ser la suma de lo que me sucedió y elijo seguir, pero debo decidir el sentido en que voy a “leer” mi vida. Se trata de algo así como el hallazgo de una clave de mi historia. El proceso de individuación es una tarea de integración. Un día nos damos cuenta de que estamos metidos dentro de una vida y que no podemos salir de ella. Debemos cumplirla, inventarla y encontrarle un sentido; para ello la única posibilidad es conocer y aceptar “todos los que yo fui”, desde “el que soy ahora” y elegir un “yo que quiero ser” para hacer que mi presente sea atravesado por una historia.

La síntesis de lo que proponemos desde la teoría de crisis es pasar de un corte espacial de la realidad a un corte temporal. En suma, proponemos no curar “aparatos psíquicos”, sino “historias enfermas”. El hombre enferma en su proyecto y allí es donde debe ser curado.